A veces de sorpresa se me antoja,
volar en
derredor de los recuerdos,
botar esta
mi venda de amargura
y abrir el
cofre de las aventuras.
Se me
antoja también en otras veces
perfumar el
clavel de la sonrisa,
reclamar
dignamente y con justicia
la calma
que me brinda tu caricia.
Y también
se me antoja con frecuencia
descansar a
tu lado en la pradera,
restañar en
el tiempo mi alborozo
y revelar
la dicha de este gozo.
Otra vez se
me antoja inútilmente
derrumbar
este amor que me hace daño,
que se convierte
en un dolor profundo,
que va, que
viene, como vagabundo.
Y me siento
pasear por esas calles
que me
llevan a pie por Panchimalco,
cual si
fuera verdad, te lo aseguro
vibra en mi
ser un sentimiento puro.
Pienso en
esos poblados de casitas
embarradas
con alma de mi greda,
con sus
patios barridos por el viento
y me nace el más tierno sentimiento.
Añoro mi
terruño, sus potreros,
en esa
realidad dura y escueta;
la
admiración se crece por la raza
en el ardor
del fuego que me abraza.
Se vuelven
las pasiones, más antojos,
en derroche
de locas fantasías:
cantar "El
Carbonero" por ejemplo,
o visitar
las aulas de mi templo.
Entonces sí
que llega la nostalgia
a recoger en cántaro, sollozos,
ese sabor
salado de los ojos...
precio que
paga todos mis antojos.
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